sábado, 2 de agosto de 2008

No una, sino muchas muertes


A julio de 2008 la cifra de muertos en accidentes en las carreteras del Perú, en lo que va del año, es aterradora: Cuatrocientos. Son cuatrocientas vidas cortadas de raíz, cuatrocientas familias sumidas en el más intenso dolor. La acumulación de esta montaña de muertos se ha producido durante el programa gubernamental, a cargo del Ministerio de Transportes y Comunicaciones, llamado “Tolerancia Cero”. Obviamente, la intolerancia del Gobierno no ha sido tal, y la permisividad e indolencia de los burócratas del sector Transportes no puede ocultarse. Se trata de una burocracia añeja, superstite de todos los regímenes y que al parecer ha logrado neutralizar las buenas intenciones y la capacidad de una ministra capaz como Verónica Zavala. Pero el primer error de Zavala no fue deshacerse –si es que podía hacerlo- de una burocracia corrompida, sino asumir para su cartera toda la responsabilidad en un tema tan complejo como el transporte terrestre de pasajeros. Una burocracia más corrompida y más añeja, más diabla, como la del Ministerio del Interior se lavó las manos desde el inicio del mencionado programa, sabiendo que de la policía depende en sustantiva medida el control de carreteras. Hoy la prensa y la oposición piden la cabeza de la ministra.
El asunto tiene múltiples aristas. Nadie ha reparado que Lima, por ejemplo, que tiene unos juegos de agua en el Campo de Marte, que son un sueño, no posee algo elemental para una gran capital como la nuestra cuya población ya bordea los ocho millones de habitantes. Lima no tiene un solo terrapuerto y necesitaría, por lo menos tres. Cada gran empresa tiene el suyo y controla, como le da la gana, aspectos importantísimos como la identificación de los pasajeros, operación de la que depende la seguridad de los transportados. Algunas empresas lo hacen correctamente, otras deficientemente, y las que no tienen terrapuerto, pues no hacen nada. Para colmo existen paraderos informales como el célebre “Paradero de Fiori” donde nadie garantiza nada.
Un común denominador parece ser una práctica de la mayoría de las empresas, grandes o chicas, formales e informales: creen que los chóferes son máquinas y no requieren humano descanso. Por otro lado, que se sepa, no hay una evaluación profesional de los hombres que van a conducir un vehículo por 10,12 horas, recorriendo cien o mil kilómetros y, lo más importante, con una carga humana donde no faltan ancianos o niños. He repetido dos veces, adrede el adjetivo “humano” porque lo que hay aquí es una pavorosa inhumanidad. A quienes manejan estos negocios de transporte, y a quienes, a nombre del Estado, les corresponde controlarlos y fiscalizarles, pareciera no importarles la vida humana.
El Alcalde de Lima ha debido empezar, no por obras como sus juegos de agua, sino por terrapuertos. Pero, claro, su lógica es extraña y por eso, hoy no funciona siquiera el sistema de revisiones técnicas, que es un factor de singular importancia en el problema de los gravísimos y casi diarios accidentes en las carreteras. Pero como el Perú es un país de gente despistada, por decir lo menos, el burgomaestre limeño ostenta casi un record de popularidad.
Tres terrapuertos en la ciudad capital – en las entradas norte, centro y sur- no solo ordenarían el tránsito y harían más cómoda la vida de los pasajeros, sino que permitirían, si las cosas se hacen como se debe –es decir como en un país ordenado-un efectivo control sobre los operadores de transporte, como ocurre en los aeropuertos. Si un concesionario -y no la corrompida e inútil burocracia estatal peruana- se ocupa de controlar in situ aspectos como el cumplimientos de normas emitidas por “Tolerancia Cero” y no permiso para partir a un bus sin cinturones de seguridad, con un chofer cansado, con deficiencias mecánicas o incompleto equipo auxiliar, nos ahorraríamos muchas muertes. Incluso las revisiones técnicas a los vehículos se harían en un local anexo y serían frecuentes. Incluso se revisaría también a los conductores, alguno de los cuales son gente anormal, sicópatas. Y habría por cierto oportunidad para negocios como restaurantes, cines, spas, empresas serias de taxis, ect., lo que significaría una merecida comodidad para tantos sufridos pasajeros peruanos, y además una legítima muestra de orgullo ante visitantes extranjeros, que ahora se pretende asombrar en nuestros disneyescos jueguitos acuáticos.
Ya es tiempo de decirlo basta a la muerte, y también a la estupidez y la corrupción, encarnadas en políticos criollísimos que solo buscan asombrar con costosas y faraónicas obras, mientras descuidan lo elemental. Y todo para seguir en el poder.

jueves, 24 de julio de 2008

¿Por qué joden tanto, carajo?


Hace más de 30 años leí un cuento del extraordinario narrador uruguayo Felisberto Hernández, cuyo nombre no logra capturar mi memoria. Sin embargo recuerdo perfectamente el meollo de la trama: Se trataba de un individuo que subía a un ómnibus atestado de pasajeros y al rato sentía un pinchazo en un hombro. El autor de éste había desaparecido por encanto, dejando en el torrente sanguíneo de nuestro personaje, una misteriosa sustancia. Nuestro hombre, impotente para ubicar al gratuito y desconocido agresor, termina por bajarse en su destino. Minutos después siente la necesidad de expresar algo y ese algo es un anuncio comercial que sale de su boca en forma totalmente involuntaria. Así se pasa horas, convertido en un anuncio publicitario parlante, que va por doquier hablando de las bondades de un conocido producto. Obviamente el desconocido del bus le había inyectado una droga para tal efecto. Y lo había hecho sin su consentimiento, violando todos sus derechos como persona. El cuento me impresionó e imaginé lo terrible que sería el mundo si alguna vez la falta de respeto por la persona llegara a esos extremos. Hoy siento que algunas pesadillas imaginadas por la ficción literaria se convierten en algo cotidiano. Y lo peor de todo es que los estados y las autoridades permanecen a menudo impasibles ante tan monstruosa realidad.
Usted que es un jubilado, duerme la siesta tras el almuerzo. Ha logrado conciliar el sueño, su cuerpo descansa en beneficio de su salud, imágenes de lo más agradables son proyectadas en el cinematógrafo de su mente cuando suena el condenado teléfono de la mesita de noche. Tamaña irrupción podría estar justificada si se tratara de la llamada de un familiar con problemas o de la noticia de que su mujer se sacó la lotería. Pero no, es la grabación con la voz anónima e imbécil de una vendedora o vendedor de servicios extras de telefonía, ya sea llamadas internacionales de oferta o paquetes promocionales de telefonía, cable e internet. Y lo más indignante es que no hay modo de contestarle a una grabadora, de mentarle la madre, por habernos despertado. Y si usted tiene teléfono móvil, el conocido celular, no solo está –dicen algunos científicos- expuesto a radiaciones que podrían a la larga producir cáncer, sino al atropello inaudito de los mensajes malditos con que estas empresas que se zurran en todo, nos interrumpen hasta cuando estamos manejando en la Vía Expresa.
El usuario no puede quejarse ante una grabación, pero cuando llama a un número especialmente asignado para quejas, lo primero que escucha es que la conversación que vendrá entre usted y la operadora será grabada.
No hace mucho ha salido en el Perú un dispositivo legal para impedir que la invasión ilegal de estas empresas y servicios a la intimidad del usuario y ciudadano se concrete. Sin embargo hay que hacer un trámite ante una entidad del Estado. Pero porque miércoles no se prohíbe del todo. ¿A quien le gusta que lo jodan en sus momentos de descanso?
Igualmente se debe prohibir que los alcaldes –hay pocos alcaldes inteligentes- den permisos a 50 ciclistas para que cierren avenidas y perjudiquen a cientos y miles de automovilistas. O a procesiones religiosas, o hasta señoras pitucas que quieren quemar grasa haciéndonos quemar el hígado. La democracia tiene que ver con todo esto, con la imposibilidad de que una empresa o un alcalde hagan uso abusivo de su poder, ignoren los derechos ciudadanos. Y no se quejen luego cuando la gente estalla como un volcán en las protestas sociales. Hay mala energía acumulada en cada una de las víctimas de los cotidianos abusos como los que hemos descrito y que hubieran asombrado al buen y gran Felisberto Hernández.

sábado, 19 de julio de 2008

¡Jebes, ,jebes!


La cultura sexual, todo aquello relativo al sexo, ha experimentado cambios extraordinarios en los últimos 40 años. Aquí y en la Cochinchina, como solían decir nuestros abuelos. Para mí lo que mejor ilustra esta aparatosa transformación de la vida y costumbres sexuales de las últimas décadas es la salida de las catacumbas del popular condón. Recuerdo con absoluta nitidez que siendo un mozalbete de 18 años, allá por 1968, cuando uno se paseaba por las inmediaciones del Parque Universitario, más exactamente de la intersección de la avenida La Colmena y el jirón Azángaro, individuos con sospechoso aspecto de gente al filo de la legalidad, le abordaba a uno y en voz baja le mostraban sobre la palma de la mano, muy solapadamente, casi con ademanes de agente secreto, una cajita de color encendido , al tiempo que anunciaban, con inconfundible acento de los bajos fondos: ¡jebes, jebes!. Era oportunidad pintada de adquirir ese adminículo que una todavía modesta información escolar nos decía que era capaz de protegernos de las enfermedades venéreas, pero sobre todo de la posibilidad de embarazar a una chica. Pero como en esos tiempos de colegios exclusivos para varones y exclusivos para mujeres, no existían condiciones como las actuales para la interacción fluida entre los géneros, eran raros e infrecuentes las relaciones sexuales pre matrimoniales entre enamorados. Rarísimas. Pero uno compraba los profilácticos, que venían de contrabando y eran vendidos de modo clandestino, casi como adquirir una droga, con ese encanto de lo prohibido. Uno podía alardear con la posesión de una de esas cajitas, mostrarlas a los amigos, que daban por sentado que su uso en un futuro inmediato era obvio. Pero no lo era y la cajita con los 3 consabidos jebes terminaba por ajarse, cuartearse, romperse, arruinarse. En algunos casos uno se los regalaba al primo mayor, que ya frecuentaba prostíbulos, para que el condón cumpliera su destino manifiesto. En otros casos los inflaba para jugar una broma a la vecina: los pegaba en su puerta. O simplemente los lanzaba a la acera.
Lo curioso es que cuando uno empezaba a visitar prostíbulos ya no usaba condones. Se había olvidado de todas las recomendaciones del pacato instructor del colegio, y jugaba un poco a la ruleta rusa con los gonococos que por allí andaban.
En los 70s cuando a uno le urgía comprar un preservativo ingresaba a una botica. Si tenía suerte los dependientes era varones y era fácil comprar. Pero a veces el personal era mixto y una señorita lo encaraba a uno, que había estado haciendo tiempo mirando las musarañas: “Y usted que desea, joven”. Y uno se chupaba y contestaba que estaba esperando a un empleado de sexo masculino para hacerle una consulta. “¿Qué consulta?” “Una consulta privada”. A veces la muchacha sonreía, o simplemente dejaba las cosas como estaban.
Como todos los peruanos de mi generación he usado el condón muchas veces, lo que ha tenido un efecto demográfico considerable. Solo recuerdo que una vez en los 80s –y me disculparán los lectores por lo sórdido de la anécdota- me ocurrió un accidente: al terminar la sesión amatoria el profiláctico había desaparecido como por arte de magia. Con la ocasional pareja que me acompañaba busqué por toda la habitación. Levantamos la ropa de cama, movimos el box spring, en cuclillas revisamos cada loseta del baño, hurgamos hasta en cajones, que nada tendrían que ver en este percance. Es cosa, del Diablo, coincidimos ella y yo, siempre el Cachudo esconde las cosas de forma tal que éstas nos están mirando y no nos damos cuenta. Pero pronto se nos agotó la paciencia y al Diablo con el Diablo. El condón no podía estar en otra parte que en lo más íntimo de la anatomía femenina. Me convertí por unos minutos en un improvisado ginecólogo y al fin hallé el escurridizo preservativo. Lo alcé triunfante frente a la chica, que indignada me espetó: ¡Idiota¡. Gajes del oficio.
Hace poco, en el nuevo siglo fui a comprar un profiláctico al “market” de una estación de gasolina, que allí también los venden y de muchas marcas, colores, sabores y características de lo más graciosas. La joven que atendía me preguntó de que marca y tipo deseaba, casi tenían todas. Me lo dijo como si se tratara de galletas o bombones. Ahora sé que me estoy volviendo viejo: Le dije “déme cualquiera”. Pagué y salí rápido del establecimiento como si una máquina del tiempo me hubiera transportado a los 70s y la sangre se agolpara en la cara de súbito por una situación tan embarazosa como solicitar a una mujer desconocida algo tan íntimo como un jebe.

miércoles, 2 de julio de 2008

Dar y tener


Alguna vez, en busca de una frase que resumiera -como hace el relámpago con la luz- la vida sabia, me topé con tres palabras muy simples y modestas. Eran el título de un libro de poemas: “Dare e avere”, título que fácilmente podemos trasladar al castellano como “Dar y tener. He allí la suma del vivir bien, del existir con sabiduría. Su autor, un poeta sabio, un humanista de estos tiempos deshumanizados y deshumanizantes : Salvatore Quasimodo.
Que sea italiano, como Eugenio Montale, que en medio del fragor de la guerra, y de la peste del fascismo, pudo encontrar para la poesía un lugar entre el olor de los limones y el esplendor solar; o como Giuseppe Ungaretti, que escribió inigualables versos de solidaridad humana, no me asombra. Así son , por lo general, los italianos: malos soldados -para desgracia de cerdos como Mussolini- pero buenos hombres , amantes y esposos.
¿Y a cuento de qué viene todo esto? A que recordaba también la historia de una masacre nazi en la plaza de una pequeña ciudad italiana, masacre de la que fue testigo una niña que treinta años más tarde sería mi “profesorezza” en el Istituto Italiano di Cultura. En las palabras de la madura, pero bella Carla ( hablaremos en otra ocasión de la belleza otoñal de las italianas) no percibí odio contra los alemanes que vestían el uniforme del Tercer Reich, sino una sobria repugnancia hacia los bárbaros. Es lo que en medio de una hermosa afirmación por la vida, volví a percibir en la “Vita e bella”, el extraordinario filme de Roberto Begnini.
Por eso no me asombra que el querido Quasimodo haya escrito “Dare e avere”. Para ser medianamente feliz, que es la única forma posible de ser feliz, hay que saber dar , y es aquí donde entramos a los territorios de la generosidad, la solidaridad, la compasión.
Dar, sin embargo, se ha ido convirtiendo en el verbo de la utopía. Tener, poseer, acaparar, ambicionar, despojar son verbos de mayor vigencia gracias al virus del exitismo , que como una influenza del alma arrasa con los más jóvenes. Lo veo en mis hijos mayores y en sus amigos que piensan que la solidaridad solo es compatible con los Traperos de Emaús o las hermanitas de la caridad.
Pero toda vida, para ser equilibrada, productiva y digna, debe procurar, asimismo, satisfacciones personales. Dar, pero también tener, poseer los buenos bienes de la tierra: una mujer de cálidas piernas, hijos que crezcan como álamos, un seco de cordero con la vieja receta familiar (donde no debe faltar la naranja agria) , y los libros que amamos. Alguien dirá y qué de la casa campestre o la de playa, y qué de eso que llaman poder.
Bueno, uno puede tener todo aquello, siempre y cuando conozca los límites de cada cosa, porque como dicen, no los italianos, sino los chinos: un hombre puede poseer diez mil acres, pero duerme en una cama de dos metros. Y agregaría: y se duerme para siempre, en otra de similar medida.

sábado, 28 de junio de 2008

Pendejo,pendejazo y pendejerete


El pendejo nació así. Desde pequeño sacó siempre ventaja. Los retos de la juventud lo confirmaron y las dificultades de la adultez lo consagraron. Reza el dicho “Lunarejo pendejo hasta viejo”. No tanto por lunarejo, sino por pendejo, porque el pendejo es invariable e irreductible, incorregible e indomable. La pendejada es una aptitud y una actitud. No cualquiera puede ser pendejo. Se dice que para eso hay que tener calle, es cierto, pero además de lo que venimos hablando, una disposición genética para ser inescrupuloso e irresponsable, aunque puede ser –y a menudo lo es-malvado, avieso. La pendejada no cesa, siempre el pendejo está en actitud de joder y sacar ventaja de los demás. Un pendejo sin pendejada es un cántaro vacío, un río seco. Pero hay pendejos que se ven obligados a portarse como caballeros y son cínicos, suelen señalar o delatar la pendejada ajena y pasar desapercibidos. Si quisiéramos ser puntuales podríamos decir que la más grande pendejada es pasar por cojudo. El pendejo más peligroso es el pendejo inactivo. En el momento en el que empieza a ser él mismo es terrible, es capaz de cualquier cosa. El pendejo se ve a si mismo como un ser afortunado y ha menudo lo es, o resulta siendo así porque la sociedad peruana es benévola con el pendejo y la pendejada. Incluso a menudo la celebra. El pendejo, hay que decirlo ya, es la versión criolla del pícaro, del buscavidas, del sinverguenza. En el Perú el pendejo puede equivaler a pícaro a veces y entonces tenemos un sinverguenza gracioso, cuyas malandrinadas son materia prima para los chistes. Pero a menudo el pendejo en el Perú no es gracioso, sus malas acciones dejan una estela de sinsabor, de frustración , de engaño, de perfidia.
El Perú admira al pendejo porque lo considera un triunfador. En la adolescencia ser pendejo es una virtud, ser cojudo, quedado, lorna o nerd un defecto o una tara. Hay en el inconsciente la idea de que en este país solo triunfan los pendejos y si uno no lo es, puede llegar a la cima pero con mucho sacrificio, muchísimo más que lo que le costaría a un pendejo o zamarro de siete suelas. En cambio es posible que si aplaudámos al pendejo que llegó a la meta con gran ingenio y malas artes.
El pendejazo es un pendejo que hizo historia, algo así como un estafador que arrasó con el ahorro de miles con la modalidad de la pirámide, o el banquero que logró que a la ruina de su banco acudiera el Estado para salvarlo, o el político mendaz y ladrón que termina dictando conferencias por medio mundo en plan de estadista global. La gran pendejada no solo no merece la persecución de la justicia y la cárcel, sino que se convierte en una hazaña digna de emulación por las juventudes trastornadas de este tiempo.
El pendejerete es una versión light, edulcorada, con sacarina, del pendejo. El pendejerete tiene actitud de pendejo, pero no tiene aptitud para pendejo, le faltan condiciones, reflejos, concha. El pendejo hace las cosas bien, jode de verdad, el pendejerete muere en el intento muchas veces, su pendejada se descubre, incluso puede merecer burla. Al pendejo se le admira y también se le condena, al pendejerete se le desprecia. El pendejerete a menudo queda al descubierto por pretender ser demasiado pendejo, error en el que un pendejo auténtico nunca caería. El pendejo sabe cuanto jode , a quien y en que momento. El pendejerete es impertinente. No sabe con quien se mete y ni en que oportunidad. El pendejo siempre está ya lejos cuando ya uno quiere castigarlo o devolverle la pendejada, el pendejerete deja todas las huellas posibles y pone el poto para que se lo pateen.

domingo, 22 de junio de 2008

Amar sobre ruedas


Hace algún tiempo ví en un programa televisivo nocturno un reportaje sobre las parejas que van en carro a la Costa Verde a practicar sexo. Me preguntaba cómo es posible que haya tan poca imaginación en la TV. Los mismos asedios idiotas a las parejas y a los vigilantes de las playas, las mismas preguntas bobas de siempre. La gente quiere ver acción, algo fuera de lo común, no seudo audacias de reporteritas que lo único que pueden pescar allí es un resfrío. El guante que le caiga también al manganzón o manganzona de la productora que nos quita tiempo con algo tan aburrido como una cámara que pretende fisgonear, pero que no hace otra cosa que molestar a los jóvenes y no jóvenes, en su sana y legítima expansión amorosa.
¿Por qué con tantos hostales –de precios para todos los bolsillos- las parejas se arriesgan a hacer el amor en la playa, corriendo el riesgo de ser asaltados por depravados o la televisión imbécil ? Bueno, para empezar, creo yo, está el asunto del tiempo y el apuro, luego el temor a ser identificados y, finalmente, ese secreto sabor a travesura, a ludismo, que supone sacarse la ropa íntima en un carro. Es decir, mezcla de exhibicionismo mínimo y desenfado máximo.
La incomodidad del carro es muy placentera, muy cómplice, muy excitante. El ruido inevitable del exterior, la sal marina raspando nuestras narices frías elevan la libido. Luego la recompensa de lo cálido y lo húmedo, nos elevan a un nirvana de octanajes. ¡Miren como se mueve el auto! exclama la reportera fronteriza. Claro, pues, si adentro se produce la más emocionante batalla de la humanidad, la batalla de los sexos contrarios.
Como ustedes comprenderán, se produce un paréntesis, un estarse fuera de la galaxia, cuando la pareja está unida en esta cópula al paso. Entonces se olvidan de que están en un automóvil en la Costa Verde. Luego viene el orgasmo, el desmayo de los músculos, la derrota del macho y recién en ese momento se dan cuenta que han hecho el amor en un lugar inadecuado. Más tarde hacer que el papel higiénico haga milagros, que el olor del amor se desvanezca, cosa imposible de lograr, y que, como dice la canción, no quede huella.

martes, 17 de junio de 2008

Viaje a China (17/6/2008)


A quien camina por Paruro o Capón, y frisa medio siglo, inevitablemente lo asaltan las imágenes del Barrio Chino en todo su esplendor, allá a mediados de los cincuentas. Cocinerías y pulperías por doquier, y en el aire la franca sonrisa mercantil, el español torturado por el cantonés. Hoy, comenzado el nuevo siglo, esto un dato de la historia o una anécdota para entretener nietos aburridos.
Otros barrios populares de esa Lima ya ida, albergaban infinidad de increíbles almacenes de ultramarinos y productos nacionales, todo tan bien ordenadito, tan amigablemente bien dispuesto tras mostradores o vitrinas altas como órganos de catedral. En las pulperías chinas uno podía encontrar desde vino hasta lumbre.
El chino del barrio era un personaje querido, simpático, pero extraño, forastero, a menos que se casara con una peruana y lanzara al barrio algunos injertitos. Como se mantuviera en el círculo de sus connacionales, proyectaba el halo de definitivo misterio que suelen proyectar todos los orientales en estas tierras. De niño estaba yo casi seguro que tras la trastienda había un mágico túnel o corredor por donde se llegaba a China. Los pulperos del barrio iban a dormir a ese lugar al cerrar la tienda y al día siguiente, a las seis de la mañana, regresaban al Perú a vender.
Uno de los expedientes más socorridos de mi madre cuando me portaba mal, era acusarme con Juan, el chino de la esquina. Este me miraba fijamente, fingiendo reprobación, y luego me espetaba: “Si tu poltal mal, yo capal”. La amenaza que venía de ese hombre alto, flaco y de ojos rasgados no la tomaba a broma: un frío mortal recorría mi pequeño cuerpo de la cabeza a los pies. La razón de este miedo infantil era el conocimiento de la destreza de Juan para usar un filudísimo cuchillo con el que cortaba , con pasmosa rapidez, chancho asado o algún embutido.
A veces Juan me descubría observando la operación de corte y me enviaba de soslayo una sonrisa maligna, que yo interpretaba como una suerte de aviso prejudicial.
Lo más extraño de los chinos sin duda era su enrevesada lengua. Cuando conversaban entre ellos yo me quedaba embobado, tratando de explicarme por que Dios había sido tan cruel con esta raza y en vez de darle un lenguaje humano como el nuestro, le había proporcionado para su comunicación un sistema de sonidos complicado y feo.
Cuarenta años más tarde, me encontraba en un bus que recorría la ciudad de Beijing. Por un túnel distinto al de la trastienda había llegado al país de Juan. Mientras conversaba con otro peruano, en mi fresco español de Chacra Colorada, constataba el asombro enorme de una niña china de 8 o 9 años. Tenía la boca abierta y seguramente pensaba con tristeza en nosotros los hispanohablantes, hombres de palabras que se arrastran, sin la lógica, ni la eufónica belleza de los monosílabos de su lengua materna.